Me llamaste muy de madrugada,
yo escuché a alguien toser detrás.
Mientras definías el desprecio
me dije que podría hablar,
pero hay cosas que no hay que contar.



Sigue el mundo
su giro: una esfera imperfecta
que rueda hasta su fin o para siempre
sin saberlo ni soñarlo ni ignorarlo:
el tamaño del mundo
a la escala del mundo
no del hombre. Y eso es todo.
Juan Carlos Gea. El temblor.
¿Y si la escala del hombre es la belleza?
¿Y si el placer a través de la belleza es nuestro más perfecto sin porqué?
El porvenir llega desde el pasado. El futuro acontecimiento que siempre puede advenir será algo dejado atrás. Los fulgores que nos deshacen -acotémoslo por el momento a fenómenos estéticos de todo tipo: una foto, un rostro, una frase... - son flechazos desde cualquier punto del pasado y que, siempre certeros, nos alcanzan por la espalda. Jamás los veremos venir, ni siquiera los intuiremos, aunque el proyectil pueda incluso llegar desde un tiempo que nosotros jamás hayamos vivido, pero, indefectiblemente, al perforarnos en nuestro lento y breve paseo hasta la muerte nos provoca un tambaleo, un avanzar de golpe, un desmoronamiento del mundo tal como hasta ese momento lo habíamos conocido. Aquel que ha sido “herido” no lo olvida.
El acontecimiento del porvenir es un ne plus voir venir -forzadamente traducible por “nunca ver venir”-. El porvenir acecha, es caprichoso, jamás avisa. Y , cobarde, dispara por la espalda.
Años llevaba buscando esta canción en vivo. Tuve la suerte de asistir hace años a un concierto suyo en Gijón y aún no sé si fue música, necromancia o tan sólo un ejemplo de trágica belleza. Desde entonces la historia del Kursk y sus cadáveres es parte de mi imaginario y constantemente salen a flote.
It's cold I'm afraid
It's been like this for a day
The water is rising & slowly we're dying
We won't see light again
We won't see our wives again
Mundo entremezclado, desnaturalizado, evanescente y en acelerada mutación. Apuesto un maravedí a que de aquí a unas pocas decenas de años -si no antes- se acabarán reconociendo derechos a las máquinas. Y no, no me estoy yendo a ensoñaciones asimovianas robóticas, sino más pedestres. Me explico. Vean este video:
Hay dos opciones: risa o un sentimiento de pena extrañamente empático. Puede recordarnos a un ataque epiléptico provocado cruelmente, a una atrocidad sin sentido en la que sentimos que en las convulsiones de la lavadora resuena algo humano. Me he sorprendido pensando esto y lo achaqué a la privación de sueño que hoy arrastro, pero siempre hay un guiño a la espera de sorprendernos. Si entran en la página de youtube del video, se encontrarán que este está marcado como material “ofensivo”, haciendo que sea necesario pasar un filtro de edad para visualizarlo. Esto en youtube ocurre sólo en dos casos: Si se muestra algo que insinúe mínimamente un pecho o en casos de violencia manifiesta. Una pista: yo no veo ninguna chica.
"Hemos sido capaces de demostrar que la música activa circuitos neuronales de recompensa y emoción similares a aquellos que responden específicamente a estímulos que son biológicamente relevantes, tales como el alimento o el sexo o que son artificialmente activados por drogas como la cocaína. Y me pregunto si no es extraordinario el que la música active estos mismos circuitos cuando ésta no parece estrictamente necesaria en el mundo biológico ni para la supervivencia individual ni la reproducción ni tampoco se trata de una substancia química, como la droga."
Lo que siempre había intuido, algunos como Roberto Zatorre, investigador y autor del texto anterior, se han encargado de confirmarlo. Más allá de la absoluta inutilidad de gran parte de la investigación actual, resulta interesante como necesitamos reafirmar mediante un experimento lo que nosotros ya sabemos: que el placer estético funciona como una droga más. Que el alivio que provoca una canción determinada es como el de una calada de buen tabaco. Que el escalofrío del tercer concierto de Rajmáninov pulsa lugares muy parecidos a los del sexo.
Las teclas son distintas, pero el piano es el mismo: placer y displacer. Nada nuevo bajo el sol. Todos buscamos lo mismo. El placer es la moneda que mueve nuestro cerebro hacia un aquí y ahora.
Días. Días llevo con esta canción en la cabeza. No sé si ha sido antes o después de dejarme obsesionar con el placer. Un tema típico del verano y de su dispersión. Pensamientos opacos que inevitablemente tienden hacia la noche, a divagar sin hacer pie en el fondo del mundo.
Receta: Schelling + Lacan + Jose Luis Molinuevo + Pessoa + estío santanderino.
El ámbito de lo real permanece refractario a nuestro finito conocimiento. El corazón del que se escapan los latidos es la materia negra que la razón -por definición- nunca podrá ver. Debemos conformarnos en vagar de lo simbólico a lo imaginativo, de la palabra llena a la palabra vacía, huyendo, si cometemos la desgracia de rozar aquello de lo que la palabra no sabe hablar.
No existen los acordes musicales puros: en la raíz de todo está el engaño. Sólo así se nos hace soportable el mundo. Werckmeister lo supo.
¿Está la belleza en la mentira que se hace pasar por verdad? ¿O, acaso, en la fracción de lo “real” que refulge en el ídolo?
Dudo de calificar la pregunta de capital o de anecdótica. En todo caso, sí lo haré como irrespondible.
Nunca ha sido la tibieza un problema, así que vamos a seguir haciendo apología y crítica apasionada y parcial, como tiene que ser.
Gijón es una ciudad marcada por el contacto con el mar, por una historia casi siempre del lado de los perdedores y por una apariencia que, si bien ha sido limada últimamente, podríamos calificar como dura e intensa. Gijón imprime caracter. “Esa doble empalizada velar-sordo-fricativa” a hierro va en los que allí habitan. Y la música que de su mundo brota se anega de salitre, cemento y nordés. El repertorio destacable es numerosísimo (Nacho Vegas, Manta Ray, Viva las Vegas, Lucas XV, La Costa Brava, Mus...) y ahora hay que añadir otro grupo más: Elle Belga.
Tomando la nana como género trazan un disco -llamado 1971- que sin batería, centrándose en tenues cuerdas y un juego de dos voces con resonancias del mejor Low, está afinado con el son de la noche y el murmullo de la mar. Sabe a canción popular desubicada, a confesión de alcoba, a dolorosa calma. Y, además, es tremendamente bello. Todo está dicho.
Intenta celebrar el mundo mutilado.
Recuerda los largos días de junio
y las fresas silvestres, las gotas de vino rosé.
Las ortigas que con esmero cubrían
las fincas abandonadas de los exiliados.
Tienes que celebrar el mundo mutilado.
Mirabas los yates y los barcos lujosos;
uno de ellos tenía un largo viaje por hacer,
a otros sólo les aguardaba un vacío salado.
Viste a refugiados con rumbo a ninguna parte,
oíste a verdugos que cantaban con gozo.
Deberías celebrar el mundo mutilado.
Recuerda los momentos cuando estábais juntos,
en una habitación blanca se movió la cortina.
Vuelve en pensamiento al concierto, al estallar la música.
En otoño cogías bellotas en el parque y las hojas
se arremolinaban en las cicatrices de la tierra.
Celebra el mundo mutilado,
y la pluma gris que un tordo ha perdido,
y la luz delicada que yerra y desaparece
y regresa.
Snoop tiene una pistola apuntándole a la cabeza. Ella es alguien de trato cotidiano con la muerte. La conocimos comprando una pistola de clavos, no para hacer manualidades, sino para tapiar casas donde escondía sus cadáveres. Ese siempre ha sido su trabajo. A través de asesinar cumple su cuota de quid pro quo con el sistema. Ahora, en un coche, con una pistola apuntando a su cabeza sabe que ese es su fin. Se le permite una última posibilidad de hablar. De redefinir su relación con el mundo. Pero ella ya no está aquí. How my hair look like, Mike? De nadie sorprendería más esa frase, si la entendemos como una mera preocupación por su aspecto. Pero es que -repito- ella ya no está aquí. Ella, una espartana de Baltimore, se preocupa de estar guapa porque, al fin, conocerá a su patrón.

En su tienda de guerra en Cul Dreimhne, Columbkill, tembloroso, desata el saco, toma el libro. Es macizo y dócil como una mujer. Es suyo como el ternero es de la vaca, como la mujer es del amante: del íncipit al colofón, es suyo. Quiere disfrutarlo lentamente, abre, acaricia, trashoja, contempla... y, de repente, ya no tiembla, ya no ríe, está triste, tiene frío, busca en el texto algo que ha leído y ya no encuentra, en la imagen, algo que ha visto y ha desaparecido. Busca mucho tiempo en vano: estaba ahí, sin embargo, cuando no era suyo. Todo parece haberse estropeado, haber cambiado, tan sólo quizás el colofón se parezca a sí mismo, el colofón en que el monje Faustus pide que oren por él. Columbkill levanta la cabeza, escucha el estertor de los heridos y la alegría de las cornejas. Sale de su tienda, ha dejado de llover: también allá arriba, grandes trozos de azul viajan por encima del establo de la muerte. El libro no está en el libro. El cielo es un antiguo lugar azul bajo el cual estamos desnudos, bajo el cual lo que poseemos hace falta. Arroja el libro, arroja su pelliza y su espada. Toma el sayal, toma el mar, busca y encuentra un desierto en el mar espantoso de Irlanda: en la isla pelada de Iona, se sienta libre y despojado bajo el cielo, que a veces es azul.

Como si todo fuera parte de un discurso prorrogado más allá de lo posible, notas huir el sentido de todo lo que dices. Con el tacto de algo cada vez más seco, te vas dando cuenta que tu lengua llega tarde a todas las palabras que acaban en tu boca. Se te caen sílabas de los dientes. Estos -por una extraña enfermedad- no paran de pelear con tus encías. Te callas. Tragas saliva. Es más sólida de lo que recuerdas. Te atasca la garganta. Te ahoga. Toses. Escupes. Ahí está. Lo acabas de expulsar. Un poema.
Se supo habitado por voces. Susurros que condensaban todo tiempo en una palabra. Se le desdibujó todo umbral. Comprendió que para ganar este otro lugar, había perdido ese otro entre los hombres. De todos modos, ¿alguno podría comprender por lo que había pasado? Y lo había pasado por ellos. Así que decidió salir y trazar nuevos límites. Esbozó un mapa donde el norte era el ritmo y el sur la muerte. El este la ruina y el oeste los dientes del perro. Tras un momento de duda, convocó a todos. Quería comunicar lo que sabía. Que él era todos. Que debían seguirle. Porque él sabe a donde dirigirse. Él sabe dónde se halla la guarida del sol. Ese traidor que pagará sus afrentas con cien latigazos y una ejecución pública. Será hundido en una piscina de brea hirviente tras ser arrastrado por cien caballos blancos. Así les demostrará su poder. Así, por fin, le creerán. Así, por fin, será la noche.

Imagen: Estrella Sánchez
Decidiste quedarte en la fiesta un rato más. Tomar otra copa. Poner otra canción. Intentar conocerla a ella. Decidiste quedarte aun cuando la mayoría comenzaba a retirarse. Pensaste que lo mejor del día siguiente era esta noche, ¿por qué te ibas a ir? Ella tenía buena conversación, así que fuiste a por hielo para hacerte otro whisky. Cuando volviste algunos dormían, otros más se habían ido, pero a ella poco parecía importarle. Bailaba en el medio del mundo al son de una música que sólo ella oía. Decidiste no interrumpirla, esperar. Al fin y al cabo, tenías bebida y ella estaba preciosa cuando bailaba. Debiste de quedarte dormido, porque abriste los ojos y allí no había nadie. Aquella no era tu casa, pero el lugar está vacío. Intentas salir, pero la puerta está cerrada por fuera. Decides esperar en aquel lugar. Aún queda hielo para otra copa.